jueves, 16 de abril de 2009

Viaje al Centro de la Tierra


A medida que nos alejábamos del Distrito Federal, el cielo se iba haciendo más y más azul, era el azul del caribe que proyectaba su luz hacia el pequeño fokker 100 que nos llevaría hasta el aeropuerto internacional Manuel Crescencio Rejón de la Ciudad de Mérida. Ya en el taxi hacia mi nueva posada, noté que el acento del señor conductor no era el mismo que había escuchado en el DF, ciertamente era mexicano pero más pausado y menos cantado. Entrando por los grandes portones del hostal “Santa Lucía” Fernando, un tipo alto, mechudo y con los dientes en pogo, se dispuso a mostrarme las instalaciones. La casa era gigante, mis pupilas se comprimían al tratar de mirar el techo y en el dormitorio los camarotes parecían planchas para clavadistas profesionales. Colocando mis cosas en el locker conocí a Fabián, un Alemán que vive en Argentina y que andaba buscando más gente para un tour hacia los Cenotes. Yo no sabía de qué hablaba ya que mi plan era descansar para salir al día siguiente al Chichen Itzá, pero como me causaba una gran curiosidad decidí sumarme.


En la noche cortamos por la plazoleta central donde la luz ámbar de la arquitectura colonial, iluminaba a los percusionistas que animaban la noche Yucateña. Nos fuimos a tomar el turibús de las 6:30 que nos llevaría a recorrer Mérida, pero esa noche había salido a las 6:15, así que optamos por degustar la gastronomía de la Península, los platillos más famosos del lugar son los Panuchos y los Salbutes, que son unas pequeñas tortillas fritas, las unas rellenas de fríjol y las otras no, que pueden venir con cochinilla o con pollo encima y con cebolla morada.




Nos fuimos a descansar temprano para poder madrugar, subí los 47 escalones de mi camarote y tratando de abrigarme del inclemente aire acondicionado caí en un sueño profundo. Pero a la mitad de la noche, al rechinar de una puerta que se abría a lo lejos, se iba atenuando mi narcosis, de repente, sentí que alguien me agarraba un pie, como si se tratara de un mecanismo automático me levanté de golpe y vi a una persona de color cuyos ojos alumbraban a los pies de mi cama, comencé a gritar y agarrando lo que pude, cogí el insecticida que tenía al lado y se lo vacié en los ojos. Sus gritos de dolor despertaron a todo el dormitorio y yo diría que a todo el pueblo, la luz se encendió y a la pregunta ¿Qué pasó? el pobre borrachito respondía: “Yo no sé! ejte señó ejtá loko! yo solo ejtaba tratando de subí a mi catre y sin culpa le toké el pie a ese señó ke se puso como loko!”. Las risas invadieron el lugar mientras yo trataba de ocultar mi vergüenza con la tenue sábana blanca.


Como era obvio el tema del desayuno era escuchar una y otra vez en todos los idiomas cómo los risueños backpackers contaban el pequeño incidente de la noche anterior, así que apresuré el paso para que fuéramos a coger la combi que nos llevaría hasta el pueblo de Cuzamá. Para este momento ya éramos 3 contando al pequeño Thomas, un suizo cuya preocupación por la vida era diez mil veces menor que la mía. El pasaje nos costaba $14 y se tardaba una hora por una pequeña carreterita. Al llegar nos esperaba un tricitaxi al que se sumaba ahora una argentina castaña de ojos grandes y boca pequeña a la que todos creían española, lo que nos dejaba completos para el tour.


Carlos, el moreno y macizo cuzumaqueño, se esforzaba a 40 grados centígrados por pedalear para llevarnos hasta el trucker, un caballo conducido por una vía férrea que sonaba como montaña rusa con capacidad para 4 personas. Contando con las veces en que el caballito se detuvo a olfatear las rosas, nos demoramos 15 minutos hasta el primer Cenote, seguía sin saber lo que era, en mi vida había oído algo así y al llegar mi curiosidad no se satisfacía porque lo único que veía era un hueco en la tierra.

Bajamos los destartalados peldaños con el miedo de que la vieja madera cediera ante el peso de nuestra humanidad, pero al pisar el último, el eco de una gota nos hizo voltear, era la cosa más bella que hubiera visto hasta ahora, la baticueva que desearía Batman para descansar en el verano, una piscina natural del turquesa que pintábamos en el kinder, custodiada por doradas estalactitas de piedra, con dos rayos de luz que se filtraban en la caverna con la fuerza de unos Phasers. Los 4 aun nos mirábamos con la boca abierta cuando decidimos espontáneamente liberarnos de las ropas y sumergirnos en la dolina como quien ha llegado finalmente al paraíso.

Sonrientes nos tomábamos fotos, braceábamos de una pared a la otra y bromeábamos sobre la temible advertencia que nos había hecho el nativo sobre las misteriosas corrientes que chupan a la gente, en ese momento, el aguzado chirrido de un murciélago nos hizo pensar que ya era hora de emprender la subida.


Continuamos a otros 3 cenotes, el siguiente aun más bello que el anterior y luego de habernos refrescado en cada uno de esos oasis, emprendimos el regreso a Mérida. Estuvimos listos a las 6:15 para tomar el turibus, pero hoy había partido a las 6:00, así que Daniela, Fabián y yo, decidimos ir a tomarnos unos coctelitos a base de Tequila al Mayan Pub, donde una graciosa mesera se esmeraba en explicarnos las preparaciones al ritmo reggae de la banda.


Fabián continuaría en Mérida, pero al día siguiente Daniela y yo abordaríamos en ADO GL que nos conduciría a presenciar el Equinoccio de Primavera en el principal sitio arqueológico de Yucatán, además, nos aventuraríamos a arrancar el mismo día hacia las playas de la Riviera Maya.


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