viernes, 17 de abril de 2009

iBIENVENIDO!


Hola!!!

Estás en el blog viajero de Ricardo Cárdenas, en la parte izquierda encontrarás los títulos organizados empezando por "inicio" y terminando con "the grand finale".

Que te diviertas viajando!!!

Rick


Este blog está dedicado a las maravillosas personas que hicieron parte de este viaje. A Anita Sofía, ingrata pero que siempre me acompaña en mis arranques de un día para otro. A Mi familia por inculcarme el amor por México. A Mirza y a su combo por su maravillosa amistad. A mi buen amigo Oscar y su novia por su generosa amabilidad. A mi bella catalana por ser parte fundamental de la historia. A mi hermosa Mariela por preocuparse por mi y presentarme a un excelente ser humano como lo es Alejandro a quien vivo agradecido. A Fabián por convencerme de ir a los Cenotes. A mi bella Daniela por adoptarme en su locura. A Manuela por compartir una aventura por Chiapas. A Juan Luis, por su asombrosa sencillez e invaluable amistad. A Marly, Mark y Jamie mis amigos viajeros.


The Grand Finale


Desperté con ganas de un “paseo inmoral” de Cerati, me fui para el hostal Condesa Chapultepec por donde los perritos se refrescan en las fuentes de los parques con nombres de países. Bernardo, el dueño del hostal, me aconsejó comprar una tarjeta de $15 para el Metrobús que es el Transmilenio de allá y atravesar la ciudad en él. Me bajé en la estación de la Bombilla donde junto al Monumento a Álvaro Obregón, ondea una bandera gigante de México. Cuando la paz se encuentra con la revolución se recorre la calle de la amargura (por si acaso estoy hablando de avenidas). Anduve por las callecitas empedradas de San Angel que albergan los mejores bares y restaurantes de la ciudad, hasta llegar a la Plaza de San Jacinto que los sábados celebra un bazar similar al mercado de las pulgas en Usaquén.







Por comprar todas las cosas que dije que no compraría y por quedarme disfrutando del festival de reggae que había en el parque, llegué al Museo de Diego Rivera justo cuando cerraban. Volviendo al hostal conocí a Marly, una holandesa de 22 años que llevaba 5 meses de su año sabático viajando por el mundo. Ella quería conocer el Bosque de Chapultepec y el Zócalo y aunque yo ya conocía, no iba a rehusar la amigable invitación. Pasamos al lado del monolito de Tláloc y llegamos al Museo Nacional de Antropología, uno de los más completos del mundo en cuanto a culturas precolombinas se refiere. Transitamos por las salas de las diferentes culturas mientras hablábamos acerca de las nuestras.


Marly no tardó en darse cuenta lo desorientado que soy, así que tomó las riendas de la expedición y me condujo hacia el Subway para ir en dirección al Zócalo. La música del organillero nos guió hacia la Catedral en forma de cruz donde nos ofrecieron un tour por los campanarios, cosa que no había hecho y me parecía muy chévere sobretodo porque tendríamos una vista privilegiada para la arriada de la bandera. Me alejé un poco del joven guía que contaba una a una con gran pasión las historias de las campanas, porque en cada “T” y “P” que pronunciaba, alguien terminaba empapado. La que más llamó mi atención, fue la campana a la que llamaban “la castigada” pues una vez un campanero inexperto se mató al tratar de balancear sus 6 toneladas y su badajo sólo volvería a sonar hasta 57 años después, cuando fue indultada por el mismísimo Juan Pablo II.


Ya en la noche conocimos al resto del combo que habitaba el hostal. Un hombre ciego y su perro, recorrían el mundo en bicicleta en compañía de un amigo, vaya que era toda una lección a quien se quiera dar por vencido. Estaba Mark, un estudiante de arte en San Francisco y la bella Jamie de California, que con su pelo enrojecido y su linda sonrisa parecía toda una muñequita. Hablando de todo un poco les comenté lo rico que era viajar de esta manera porque se conoce una amplia gama de personajes, pero que algún día me gustaría viajar a la manera de los ricos y famosos. Jamie me dijo que debería pasar mi último día en un hotel 5 estrellas, así mi viaje habría tenido de todo. La cosa me sonó tan bien que de hecho al siguiente día cogí mis maletas y arranqué para el Hotel Imperial en el Paseo de la Reforma.



Los botones se encargaron del equipaje, una hermosa somelier me dió un coctel de bienvenida, en mi cuarto me esperaba una enorme canasta de frutas y la cama era más grande que toda la habitación del hostal. Subí a la terraza donde los rayos del sol brincaban en la piscina, me puse las oscuras y me acosté en una de las sillas para recibir la gracia del astro luz. Le pedí al cantinero un Margarita y en ese momento me invadió un sentimiento entre nostalgia y satisfacción. Las imágenes de mi viaje comenzaron a correr por mi mente como en un trailer de película, los paseos en bicicleta, los mariachis de garibaldi, la recarga por las ruinas, el borrachito trepador, el tricitaxi a los cenotes, el peligro en los corales, la cataratas de agua azul. Las deliciosas comidas, las deliciosas bebidas, los deliciosos momentos, la deliciosa compañía. Y justo cuando recordaba las palabras del chamán, la silueta de una mujer se interpuso en mi bronceado y estas  dulces palabras salieron de su boca: 



- iHey! ¿Aún por tierras manitas? No sabía que te hospedabas aquí. 

  Sin poderle ver la cara pero al serme familiar su voz le respondí :

- No... Sí... Es decir, hoy es mi último día.

- Genial! Puedo hacerme aquí?

- Por supuesto!

  Al reconocer su figura sentí que el aire me abandonaba.

- Me puedes hacer un favor?

- Se... se... seguro!

- Me aplicas un poco de bronceador en la espalda?

- p... p... por qué no?

- Aún no me has dicho tu nombre.

- Ri... Ri... Ricardo Cárdenas... Mu... mucho gusto.

- Mucho gusto! Carolina Acevedo.


(Suena “Lovers in Japan” de Coldplay y la cámara se aleja lentamente por los cielos del D.F. mientras en mi rostro se dibuja una pequeña sonrisa).


FIN




Reencuentro en el D.F.

Me quedé con las ganas de atravesar Oaxaca en dirección a las playas de Acapulco, pero cuando uno la está pasando bueno el tiempo (y el dinero) se agota muy rápido. El haber rodeado a Belice y Guatemala por 16 horas para llegar hasta aquí, me hacía pensar que encerrarme en otro bus por tanto tiempo no era una buena idea, por suerte para mí hay muchas cosas que están de cabeza y conseguí un vuelo en Click/Mexicana que costaba $150 menos que el pasaje en flota.


La pequeña aeronave salió del Aeropuerto Francisco Sarabria de la ciudad de Tuxtla. Observaba al imponente Cañón del Sumidero pasar por mi ventana, mientras pensaba en cómo sería mi reencuentro con la española, ya habría encontrado apartamento? Qué había hecho todos estos días? Habría pensado en mí?


Cuando llegué al hostal Mirza me recibió con la buena onda de siempre, los hindúes seguían durmiendo y mi bella catalana se había ido a trabajar. No quería que ella me viera como un animal salvaje con las uñas largas, barbado y peludo, así que me fui a buscar una estética (peluquería en mexicano). Recorriendo la ciudad me topé con un centro comercial llamado Parque Delta, en el que además de recuperar la presencia encontré un Crepes & Waffles, era refrescante ver algo de mi querida patria en este lugar.


Tenía planeado almorzar allí cuando me llamó por el Skype mi buen amigo Juan Luis, el VP de una importante agencia de publicidad en México, nos pusimos de acuerdo para encontrarnos en su oficina y de ahí arrancar para La Destilería, un restaurante en Polanco donde se come a lo mero mero. Pedimos unos deliciosos Molcajetes de Arrachera que podrían describirse como una bandeja paisa mexicana servida en piedra volcánica acompañada de tortillas. Al helor de unas cervezas con michelada cubana (con tabasco y otras especias), brindamos por el reencuentro y nos desatrasamos de lo que había pasado en el último año. A la hora de pagar, Juancho no me dejó poner ni la propina.


Nos despedimos con full abrazo y regresé a la Zona Rosa para el otro reencuentro. Al cruzar el bello zaguán que iluminaba el sol de la tarde ahí estaba, con sus ojos de cebada y su sonrisa picaresca, completamente sorprendida al verme me dijo con su ceceo ibérico: iRegresasteee! Enseguida la levanté por los aires y nos abrazamos como si no nos hubiéramos visto en años. Me disponía a narrarle todas las aventuras que había vivido cuando del portal salió un alemán de cabellos abundantes y como si nada la tomó de la mano y la alejó de mi, ella aún con la sonrisa en la boca me dijo: “Nos vamos a comer pero cuando regrese me lo cuentas todo, no te imaginas todo lo que ha pasado, adioooosss...”. Con ojos de perrito abandonado yo miraba como se alejaban los nuevos enamorados y mientras sonaba “Everybody hurts” de R.E.M. sentí un pequeño fraccionamiento dentro de mi.


Ahora estaba en un dilema, no podía quedarme en ese hostal viendo como el greñudo nazi conquistaba a la ingrata barcelonesa, ya era muy tarde para buscar otro hostal y mis supuestos amigos del pasado no se habían dejado ver para nada. Así que tuve que recurrir a algo que no me gustaba, una amiga de mis padres, la llamé y no muy convencida accedió a recibirme. Tomé el taxi tan rápido que al abordarlo me golpeé la cabeza, un aparatico le decía al distraído conductor cómo llegar a nuestro destino, ya que él no tenía ni idea de donde estaba. 


Llegué al sitio en cuestión y el ascensor me dejó justo en medio de un amplio apartamento, lleno de arte religioso y con una hermosa vista de la ciudad, la dueña de casa miraba con desdén la trenza en mi cabeza y la pinta hippie en la que andaba, por otro lado el amable marido me ofreció una Corona bien fría y unos quesos mexicanos. Luego de una corta charla y ya convencidos que yo era un tipo de bien, me instalaron en el cuarto de huéspedes. A pesar de estar por primera vez en este viaje en una cama doble frente a un plasma dotado con el más moderno home theater, yo sólo ansiaba estar en la pequeña litera al lado de mi catalana.



Estaba viendo un documental en el History Channel cuando sin darme cuenta se fue confundiendo con

 mi sueño y no se si por las cervezas que había tomado o por el trancazo que me pegué en el taxi, empezaron a apoderarse de mi mente ritos mayas y antiguos cantos aztecas, entre plumas y humo de colores se fue apareciendo un corpulento chamán, que me miraba fijamente a los ojos y me decía: 


- Por qué estar triste?
- Porque mi historia ha tenido un giro inesperado.
- Tal vez historia no haber cambiado, sino tú haber cambiado de historia.
- De qué me hablas?
- Esta nunca ser una historia de amor, ser una historia aventura y búsqueda de energía. Tranquilo, todos los días la marea cambiar y seguro traer algo nuevo.

De repente, como si alguien me hubiera pegado un cogotazo en la cabeza, me di cuenta que tenía razón. Lo que había vivido con mi amiga fue muy bonito pero no estaba destinado a trascender. Mañana buscaría otro hostal y viviría una última historia antes de tener que regresar a mi bella Colombia, después de todo como me lo recordaron los cielos de vainilla de Monet que veía por la ventana, cada segundo es otra oportunidad de cambiarlo todo.

Los Prodigios de Chiapas

Con un beso y 2 dramamines me despedí de Daniela y los cielos púrpuras de Tulum, ahora tendría que enfrentarme solo al temible viaje por carretera, no recordaba la última vez que me había mareado pero las 16 horas de camión (flota), seguramente lograrían alborotar mi estómago como en mi más tierna infancia.


“Otra película de huevos y un pollito” era el estreno del expreso OCC, sobreviviendo al ajetreo de las curvas y los topes (policías acostados) llegué finalmente a San Cristóbal de las Casas, una hermosa ciudad colonial que nos daba la bienvenida con sus acordes de xilófono y sus pintorescas iglesias, porque algo que hay que abonarle a la iglesia católica es el valioso aporte arquitectónico y en especial en esta ciudad donde fácilmente se puede llenar una memorystick de 4 gigas tan solo fotografiando templos. 


Pronto llegué a la “Posada México” mi nuevo centro de operaciones turísticas. Con los ojos aguados por el terrible golpe de ala de una obesa peregrina, logré abrirme campo entre la gente para cuadrar con la señorita nicaragüense mi viaje hacia Palenque y Aguazul. A las 6 de la mañana pasaría por mí el chofer de 2 toneladas que conducía su pequeña van con una cara de buena gente que no podía con ella. Al verme cuan largo soy me mandó al puesto del copiloto. Audífonos a mis oídos y a disfrutar del panorama a ritmo de Manu Chau.


Salimos en punto y no paramos hasta un desayunadero a 2 horas donde otra Manu aparecería en mi camino. Manuela era una delgada bartender italiana que fascinada con el folclor Méxicano tocaba tierras latinoamericanas por primera vez, yo como siempre en mi fallido intento por hilar frases coherentes le pregunté si en Italia tenían ruinas tan bonitas, ella dejó caer un poco sus gafas oscuras y me miró tiernamente como quien espera a que yo solito me de cuenta de la bestialidad que acabo de preguntar. 


Llegamos a nuestro primer destino, Aguazul, modesto nombre para los millones de litros de agua añil que bañan las colosales piedras quemadas por el sol, era como si desde lo alto soltaran camionados de listerine. Si en la Plaza Garibaldi no podía dejar de pensar en lo feliz que sería mi mamá al escuchar los lustrosos mariachis, este lugar me recordaba a mi papá cuando de pequeño me llevaba a cruzar el río patía a nado y con piedritas construíamos un jacuzzi en las gélidas aguas del río Mayo.


Ascendiendo largo rato por la montaña finalmente encontré un claro donde el agua se retenía formando un laguito. Un pequeño tronco amarrado del árbol me inspiró a lanzarme al mejor estilo de tarzán chibcha sin percatarme de la temperatura del agua. Cuando salí mi cara lucía tan azul como el nombre del lugar y un calambre en la pierna me hizo arrepentirme de los tacos que había desayunado. No podía nadar y lo peor era que la corriente me estaba arrastrando lentamente hacia el precipicio. En ese momento pensé iFuck! ¿Por qué demonios siempre me pasan estas cosas a mi?. Y ahí estaba yo, pataleando con una sola pierna y agarrándome los torcidos dedos del pie con ambas manos. Cuando el sonido de las cataratas se sentía cada vez más cerca, escuché una abrupta zambullida, era mi amiga italiana que venía a regresarme a la orilla.


A la bella indígena que de un cerril mesero recibía piropos en tzeltal, le compramos unos buñuelos que en nada se parecen a los nuestros. Cargados de artesanías seguimos hacia Palenque, una antiquísima ciudad maya perdida en medio de la selva donde destaca un sarcófago al interior del “Templo de las Inscripciones”. El féretro está cubierto por una losa decorada con jeroglíficos que hablan de la muerte de Pakal, quien según el Popol Vuh, tomó la identidad de uno de los gemelos que alcanzaron la inmortalidad al derrotar a los señores del inframundo. Esta losa también es conocida como “El Astronauta de Palenque” debido a que algunos fanáticos de los extraterrestres, creen que el bajorrelieve muestra al jefe alienígena que gobernó a los Mayas disfrazado de serpiente emplumada para brindarles importantes conocimientos arquitectónicos y astrológicos, abandonando la tierra en su nave espacial. Creo que nunca sabremos lo que sucedió en realidad, pero sea lo que sea no deja de ser un lugar asombroso.


Luego de haber recorrido el caluroso paisaje y con el rostro empapado de las gordas gotas de sudor, abordamos la combi para regresar al hostal, pero en el camino nos aguardaba una sorpresa más. El EZLN o Ejército Zapatista de Liberación Nacional se encontraba haciendo un retén militar por la muerte de unos lugareños, al ver las capuchas y las banderas negras de estrella roja me vienen las palabras del filósofo Homero cuando dijo “Sé que no he sido muy creyente, pero si estás en los cielos iSálvame Supermán!”. El conductor con voz apaciguante y casi paternal, nos toca el hombro y nos dice “tranquilos, no pasa nada”. Se desabrocha el cinturón de seguridad, baja su inmensa humanidad de la pequeña camioneta, se le acerca a uno de los revolucionarios y en un corto intercambio de palabras, le pasa un billetico al bigotudo enano que con un ademán nos deja en libertad. 


Aún perplejos de la facilidad con la que salimos de esta, nos disponemos a disfrutar de unas merecidas cervezas Bohemia en el kiosco central de San Cristóbal, mientras escuchamos al virtuoso xilofonista tocarse unos boleros de antaño. No puedo creer que ya tenga que regresar, el tiempo pasó muy rápido y debo volver al DF, lo único que me alienta es que hay unas caras que deseo volver a ver antes de emprender el regreso definitivo a mi terruño.

Las Murallas de la Ribera Maya

A lo largo del litoral, encontramos en Quintana Roo la combinación perfecta entre un viaje de placer y uno de conocimiento, ya que desde las blancas playas que bañan las aguas del caribe, podemos admirar las ruinas que dan vida a las antiguas fortalezas mayas.


Cancún significa “Nido de Serpientes”, un nombre que pareciera ser en honor a los inversionistas gringos que cerraron las playas y montaron enormes edificios para comercializar cuanta cosa podían. En Playa del Carmen la vida nocturna es salvaje y sumamente agitada y Xel Ha es todo un parque de diversiones dentro de la ribera, pero aún buscamos ese sitio lleno de paz y tranquilidad donde simplemente logremos colmarnos con la energía del sol, del mar, del viento y de la arena, por esa razón llegamos a Tulum, donde sus murallas alejan la mala vibra y retienen el espíritu libre de la humanidad.


Consciente del constante estado de despiste en el que vivo tomé una decisión y ésta sería que Daniela tomaría todas las decisiones de aquí en adelante. Comenzamos a recorrer las ruinas arqueológicas de Zamá (Amanecer), una ciudad amurallada que servía de santuario y puerto seguro para los Mayas, quienes conquistaron toda la costa porque sus pequeñas canoas no eran lo suficientemente fuertes para enfrentar los berrinches del mar, así que se mantenían siempre cerca hasta llegar a otras playas de Centroamérica y así realizar sus cambalaches.


Mientras recorremos las milenarias construcciones, dejamos que la historia nos envuelva y la arquitectura precolombina nos hable. Súbitamente nos sale al paso una iguana del color de la piedra, se nos acerca con la espalda escarpada y nos dice que nos preparemos para ver el espectáculo más hermoso que hay. Pasamos por el área de desove de la tortuga marina y trepando unas resbalosas gradas se aparece ante nosotros el majestuoso Mar Caribe. Las pequeñas olas golpean contra la costa como si nos estuvieran llamando, nos quitamos la ropa y nuestro pie desnudo se encuentra con una arena amable y fresca tan reducida como el polvo del carnaval de blancos y negros, corremos hacia el azul y nos fundimos en un abrazo con el oleaje como si nos hubiera estado esperando toda la vida.

































Tostándonos cual pan para el desayuno, nuestras tripas nos recordaron que llegó la hora del almuerzo, así que nos acercamos a una gran choza donde suena “Could you be love” de Bob Marley, nos reciben dos cervezas Victoria y unos tacos de camarones como para chuparse hasta los arenosos dedos del pie. Terminado el banquete vemos la posibilidad de ir a bucear un poco, así que nos embarcamos en un pequeño bote con la versión mexicana de Cápax y a unos minutos por mar abierto nos sumergimos a presenciar la magia del coral.


Me lanzo con la astucia de aquaman pero la marea deja claro quien es el jefe, el agua se me mete repetidamente por el esnórquel y al tratar de salir a respirar una nueva ola me golpea. Empiezo a ponerme nervioso, torpemente logro mantenerme a flote con estas aletas que me quedan pequeñas. Intento volver al bote pero es demasiado tarde, me he alejado mucho de la embarcación y el perro infeliz del guía se llevó a mi amiga aun más lejos para tratar de conquistarla con su retórica piscinera. Ok, esta es la situación, o me calmo o me ahogo. Así que como puedo tomo un último impulso hacia arriba y agarrando un gran bocado de aire y me dejo flotar, por suerte soy bueno aguantando la respiración y mientras comienzo a ondear como si fuera parte del mar, veo desde arriba que los colores tienen aletas y juguetean a ritmo de calypso, en este momento me siento como si estuviera buscando a nemo. La paz del arrecife me brinda la tranquilidad que necesitaba, así que lentamente vuelvo a ponerme el esnórquel, escupo todo el agua y regreso a la lancha.

Ha sido un largo día y para pasar el salado sabor de boca que me dejó todo el agua que tomé, decidimos ir a cenar a un buen restaurante. Degustamos una deliciosa arrachera que contrario a lo que están pensando es una suave carne en tiras acompañada de un chile para lo cual si necesita estar bien arrecho para comérselo. Estamos ahí riendo de todo un poco, mientras la cantante agradece en 3 idiomas después de cada aplauso. El local ya va a cerrar y nosotros tenemos que emprender camino hacia el hostal. Mañana, una nueva despedida, Daniela regresa a Argentina y yo continúo mi camino energético hacia Palenque, un lugar en Chiapas, donde se hace más evidente la posible ayuda extraterrestre.

jueves, 16 de abril de 2009

La Séptima Maravilla

Afortunadamente el “Sacrificio Maya” que me tomé anoche tenía más hielo que tequila porque el calor es realmente apremiante. Las dos horas de viaje por una vía en medio de la nada han terminado, llegando a la estación de autobuses preguntamos dónde podemos conseguir un cajero electrónico, ya que los divertidos billeticos mexicanos que más bien parecen divis de divercity, se han acabado. Me dijeron que como a cuadra y media podría conseguir uno dentro de un OXXO, así que le recomendé la maleta a mi amiga Argentina y al fin de 5 cuadras logré encontrarlo. Daniela no daba crédito a sus ojos cuando me vio aparecer de nuevo sin dinero, ya que como cosa rara había olvidado la tarjeta en la maleta.


Hoy es 21 de Marzo, día del equinoccio de primavera en el Chichen Itzá, estoy seguro que si hubiera planeado estar justo para esta fecha aquí no lo hubiera conseguido. Aún no he descifrado como restarle una hora a mi reloj así que continúo con la hora Colombiana, pero llegué puntual al sitio que en el 07/07/07, fue reconocido como una de las nuevas maravillas del mundo por iniciativa del cineasta suizo Bernard Weber y con el reconocimiento de millones de votantes por internet y celular alrededor del mundo.


$30 nos cobró el taxista hacía la entrada y otros $51 nos costó entrar. El Sitio parece Corferias, mucha gente, muchas colas. Guardamos las maletas y nos enfilamos en la que toca, salimos a un corredor de vendedores donde los colores son los protagonistas. Bolsos, ponchos, artesanías, artículos en barro, artículos en piedra y sin caer en cuenta de que vamos avanzando, de las ramas de los árboles aparece la impresionante pirámide, el Chichen Itzá (La boca del pozo de los brujos).


Recorremos el lugar tomando fotos antes de encontrar un claro en el mar de gente, que como si se tratara de un concierto de Live 8, no ve la hora en que la serpiente tome su forma. Un hippie de rastas doradas dirige la melodía de su armónica hacía el poniente para que el sol haga su gran entrada, pero éste aguarda en su camerino de nubes a que el público termine de organizarse para comenzar con el show.


Finalmente me pongo los audífonos y me acuesto en el suelo maya, enfoco la mirada entre la pirámide y el cielo y contemplo cómo un dragón de algodón baila al ritmo de “Autumn Tactics” de Chicane. Siento paz, mucha paz, y es entonces cuando se abre el telón y los rayos solares se toman el escenario, se posan ante la cara norte del Castillo, el dios Kukulcán ha comenzado a descender, enseguida en una sola voz los vivas y los aplausos no se hacen esperar, como tampoco lo hacen el sol y las plataformas que sincronizan sus pasos y dejan ver la brillante espalda de la serpiente. Como en un comercial de Benetton, todas las razas, nacionalidades y edades se toman de las manos y bailan una canción que nunca suena, una nueva era ha comenzado y nosotros podemos saberlo gracias a un sistema desarrollado por los mayas siglos atrás de que la NASA tuviera una pista.


Luego de esta emotiva celebración, nos vamos al paradero a tomar el bus a Valladolid, pero pronto un gracioso gordito con cabeza de tomate nos ofrece un par de puestos para las playas, así que sin pensarlo dos veces abordamos y llegamos en punto de las 10 a Tulum, otro lugar lleno de magia y color.

Buscamos un hostal del que no sabemos nada pero del que tenemos un papelito en el bolsillo. Llegamos a “La Casa del Sol” y Danny y yo rentamos una cabaña privada, ya que económicamente es lo mismo que el dormitorio y nos ofrece mejores ventajas. Salimos en busca de algo de comida y unos tragos y luego de rendirnos ante el inepto dependiente del autoservicio que no diferencia entre el tequila y la coca cola, nos vamos a escuchar música a las hamacas de la terraza hasta que el cansancio finalmente nos somete. De ahora en más la energía vendrá del mar, así que nos armamos de bloqueador y gafas oscuras porque la arena blanca de México aguarda por nosotros.

Viaje al Centro de la Tierra


A medida que nos alejábamos del Distrito Federal, el cielo se iba haciendo más y más azul, era el azul del caribe que proyectaba su luz hacia el pequeño fokker 100 que nos llevaría hasta el aeropuerto internacional Manuel Crescencio Rejón de la Ciudad de Mérida. Ya en el taxi hacia mi nueva posada, noté que el acento del señor conductor no era el mismo que había escuchado en el DF, ciertamente era mexicano pero más pausado y menos cantado. Entrando por los grandes portones del hostal “Santa Lucía” Fernando, un tipo alto, mechudo y con los dientes en pogo, se dispuso a mostrarme las instalaciones. La casa era gigante, mis pupilas se comprimían al tratar de mirar el techo y en el dormitorio los camarotes parecían planchas para clavadistas profesionales. Colocando mis cosas en el locker conocí a Fabián, un Alemán que vive en Argentina y que andaba buscando más gente para un tour hacia los Cenotes. Yo no sabía de qué hablaba ya que mi plan era descansar para salir al día siguiente al Chichen Itzá, pero como me causaba una gran curiosidad decidí sumarme.


En la noche cortamos por la plazoleta central donde la luz ámbar de la arquitectura colonial, iluminaba a los percusionistas que animaban la noche Yucateña. Nos fuimos a tomar el turibús de las 6:30 que nos llevaría a recorrer Mérida, pero esa noche había salido a las 6:15, así que optamos por degustar la gastronomía de la Península, los platillos más famosos del lugar son los Panuchos y los Salbutes, que son unas pequeñas tortillas fritas, las unas rellenas de fríjol y las otras no, que pueden venir con cochinilla o con pollo encima y con cebolla morada.




Nos fuimos a descansar temprano para poder madrugar, subí los 47 escalones de mi camarote y tratando de abrigarme del inclemente aire acondicionado caí en un sueño profundo. Pero a la mitad de la noche, al rechinar de una puerta que se abría a lo lejos, se iba atenuando mi narcosis, de repente, sentí que alguien me agarraba un pie, como si se tratara de un mecanismo automático me levanté de golpe y vi a una persona de color cuyos ojos alumbraban a los pies de mi cama, comencé a gritar y agarrando lo que pude, cogí el insecticida que tenía al lado y se lo vacié en los ojos. Sus gritos de dolor despertaron a todo el dormitorio y yo diría que a todo el pueblo, la luz se encendió y a la pregunta ¿Qué pasó? el pobre borrachito respondía: “Yo no sé! ejte señó ejtá loko! yo solo ejtaba tratando de subí a mi catre y sin culpa le toké el pie a ese señó ke se puso como loko!”. Las risas invadieron el lugar mientras yo trataba de ocultar mi vergüenza con la tenue sábana blanca.


Como era obvio el tema del desayuno era escuchar una y otra vez en todos los idiomas cómo los risueños backpackers contaban el pequeño incidente de la noche anterior, así que apresuré el paso para que fuéramos a coger la combi que nos llevaría hasta el pueblo de Cuzamá. Para este momento ya éramos 3 contando al pequeño Thomas, un suizo cuya preocupación por la vida era diez mil veces menor que la mía. El pasaje nos costaba $14 y se tardaba una hora por una pequeña carreterita. Al llegar nos esperaba un tricitaxi al que se sumaba ahora una argentina castaña de ojos grandes y boca pequeña a la que todos creían española, lo que nos dejaba completos para el tour.


Carlos, el moreno y macizo cuzumaqueño, se esforzaba a 40 grados centígrados por pedalear para llevarnos hasta el trucker, un caballo conducido por una vía férrea que sonaba como montaña rusa con capacidad para 4 personas. Contando con las veces en que el caballito se detuvo a olfatear las rosas, nos demoramos 15 minutos hasta el primer Cenote, seguía sin saber lo que era, en mi vida había oído algo así y al llegar mi curiosidad no se satisfacía porque lo único que veía era un hueco en la tierra.

Bajamos los destartalados peldaños con el miedo de que la vieja madera cediera ante el peso de nuestra humanidad, pero al pisar el último, el eco de una gota nos hizo voltear, era la cosa más bella que hubiera visto hasta ahora, la baticueva que desearía Batman para descansar en el verano, una piscina natural del turquesa que pintábamos en el kinder, custodiada por doradas estalactitas de piedra, con dos rayos de luz que se filtraban en la caverna con la fuerza de unos Phasers. Los 4 aun nos mirábamos con la boca abierta cuando decidimos espontáneamente liberarnos de las ropas y sumergirnos en la dolina como quien ha llegado finalmente al paraíso.

Sonrientes nos tomábamos fotos, braceábamos de una pared a la otra y bromeábamos sobre la temible advertencia que nos había hecho el nativo sobre las misteriosas corrientes que chupan a la gente, en ese momento, el aguzado chirrido de un murciélago nos hizo pensar que ya era hora de emprender la subida.


Continuamos a otros 3 cenotes, el siguiente aun más bello que el anterior y luego de habernos refrescado en cada uno de esos oasis, emprendimos el regreso a Mérida. Estuvimos listos a las 6:15 para tomar el turibus, pero hoy había partido a las 6:00, así que Daniela, Fabián y yo, decidimos ir a tomarnos unos coctelitos a base de Tequila al Mayan Pub, donde una graciosa mesera se esmeraba en explicarnos las preparaciones al ritmo reggae de la banda.


Fabián continuaría en Mérida, pero al día siguiente Daniela y yo abordaríamos en ADO GL que nos conduciría a presenciar el Equinoccio de Primavera en el principal sitio arqueológico de Yucatán, además, nos aventuraríamos a arrancar el mismo día hacia las playas de la Riviera Maya.


La Ciudad de los Dioses

La verdad es que si no fuera por mis amigos, creo que ni siquiera hubiera sobrevivido a la adolescencia. Cuando hablé sobre mi viaje por primera vez la más preocupada, incluso más que yo, era mi amiguita Mariela, me llamaba cada 10 minutos para que recordarme alguna cosa que seguramente ya se me había olvidado y así es como conocí a Alejandro, un estudiante de doctorado en Ingeniería Civil de la Universidad Nacional Autónoma de México, al que Mari había conocido cuando vino a hacer su postgrado a este país y al que ahora le habían encargado la engorrosa tarea de cuidarme. Alejandro, que por supuesto ahora también es mi amigo, pasó a buscarme muy temprano en la mañana para adelantarnos a la caterva que a diario visitan las famosas pirámides de Teotihuacán.


Hora y cuarto de viaje por una amplia carretera cercada por agaves, al mejor estilo de una road movie cruzábamos por un paisaje desértico mientras escuchábamos “Pump up the Jam” de Lost Fingers. Alejandro me hablaba de su vida y yo le hablaba de la mía, hablábamos de como conocimos a Mariela y de por qué en este lugar los taxis al igual que los uniformes de los policías eran tan múltiples y variados. Ansioso por recibir mi primera carga en este místico lugar me apliqué un poco de bloqueador, ya que el dios Sol había hecho de las suyas el día anterior y no quería darle papaya para que hoy me agarrara de botana.


Como íbamos a necesitar fuerzas para todo lo que había por recorrer, nos detuvimos a desayunar en un local cercano, donde nos ofrecieron una gran selección de escamoles y michicuiles, chiles en nogada, chamorros y sopa azteca. Finalmente nos empacamos unos tlacoyos que son como unas masitas rellenas de pasta de fríjol y unas quesadillas de maíz azul.


Las entradas a las pirámides son más costosas para extranjeros, así que poniendo mi mejor acento manito me hice pasar por un norteño más mexicano que el maguey. No estoy seguro si mi pobre actuación convenció al guardia de seguridad o simplemente se divirtió tanto viéndola que finalmente le cobró a mi amigo Alejandro 2 entradas de local.


Los chococrispis del desayuno, tronaban igual que cada paso que daba sobre el mismo suelo que habían pisado los olmecas y toltecas, debido a las diminutas piedras volcánicas que se encontraban bajo mis pies, pero cuando erguí la cabeza el tiempo se detuvo, ya no había más ruido, ni brisa, ni pájaros, era como si alguien le hubiera puesto “mute” a mi película y comencé a sentir cómo se me petrificaba el cuerpo al tener frente a mí, a la imponente Pirámide del Sol, toneladas de piedra y adobe levantadas en perfecta simetría con el universo hacían que casi pudieran oírse emerger de la tierra los cánticos milenarios de las tribus aun desconocidas, clamando y orando a Tláloc, el dios de la lluvia.


Cómo un chamaco que sube hacía el tobogán de la piscina, corrí a alcanzar la cúspide de la enorme edificación y al voltear, toda la vista del valle se reflejaba en la pequeña lágrima que resbalaba por mi mejilla, era sobrecogedor, como estar en la cima de un mundo extraterrestre. Levanté mis brazos hacia el cielo y como si acabara de cortar la cabeza de un Highlander, comencé a recibir toda esa energía que venía del cosmos. Después de eso tuve que sentarme un rato para asimilarlo.


Mientras íbamos por la Ciudadela en dirección a la Pirámide de la Luna, escuchábamos el rugir de los jaguares y el agudo chillido del águila en las creativas artesanías de los nativos. Subiendo de dos en dos los pequeños y empinados peldaños de la pirámide donde se honraba a Chalchiutlicue, el sol comenzaba a castigarnos como un papá regañón, pero enseguida el viento como la mamá alcahueta, acudía a refrescarnos.

En un trayecto más largo atravesamos la Calzada de los Muertos hasta llegar al Templo de Quetzalcóatl (La serpiente emplumada), donde en un número menor de escalas, llegamos hasta donde se divisaban los tallados sobre piedra de las deidades del pasado que hacían de este lugar, la Ciudad de los Dioses.

Luego de un corto recorrido por el museo regresamos a casa sedientos y agotados, pero con la fuerza vital digna de un supersaiyajín. Meditábamos en silencio sobre el misterio que rodeaba al Teotihuacán y nos preguntábamos quién, cómo y por qué, levantaría tan monumental estructura antes que los mismos Méxicas pisaran este suelo. La noche comienza temprano, a lo mejor las respuestas se dibujen en mi sueño, ya que a primera hora de mañana comienza mi viaje hacia el Chichen Itzá.